El peor día de mi vida (hasta los ocho años)

Peor día, dinosaurio, baño, T-Rex, papel higiénico, retrete

¿Cuántas veces hemos dicho o escuchado la frase ‘éste ha sido el peor día de mi vida’?

La primera vez que yo lo hice fue cuando tenía ocho años. No recuerdo bien ni el día, ni el mes en el que ocurrieron los hechos. Lo cierto es que cursaba el tercer año de la primaria y esa mañana tuve educación física. No sé si ocurría lo mismo en otras escuelas públicas, pero en esta clase hacíamos unos ejercicios que consistían en correr, tocar una base, darle una vuelta y regresar. La dichosa base era una lata grande de leche en polvo llena de cemento con un palo de escoba en el centro. Cuando llegó mi turno, mi gordura provocó que derribara la dichosa base, y que como consecuencia el palo de madera se rompiera estruendosamente.

De inmediato se hizo silencio.

Todos voltearon a verme y el maestro de educación física (se llamaba Paco y era igualito a Ari Telch) me mandó a llamar y me dijo que al otro día debía reponer el material que había roto. Sin hacer más comentarios continuó dando clase mientras yo sentía miedo y vergüenza. Hasta entonces siempre había sido un niño ñoño que nunca se metía en problemas, por lo que esa situación era nueva e indeseable para mí.

Las siguientes horas de la mañana las pasé preocupadísimo pues no tenía la menor idea de cómo podría hacerle para reponer lo que había roto. El único que podría ayudarme era mi papá, pero no sabía cómo tomaría la noticia de que su hijo en lugar de estudiar se la pasaba rompiendo el material en clase. Tanto era mi nerviosismo e incertidumbre que me olvidé de ir al baño, situación que derivó en unas ganas incontenibles de hacer pipí a la hora de la salida. En cuanto sonó el timbre fui derechito al baño, para mi desgracia estaba cerrado. Otro compañero tenía la misma urgencia, por eso tuvimos la ocurrencia de ir a las jardineras que estaban tras de una hilera de salones. Como el lugar estaba tan solitario pensamos que no habría ningún problema si nos ‘echábamos una firma’ en las plantitas. En eso estábamos cuando un escuincle morboso se asomó en una ventana de los salones y gritó “miré maestro, dos niños están miándose en las plantitas”.

Intentamos escapar pero el maestro de ese grupo (5to de primaria) salió con todos sus alumnos (yo creo que querían verme el pilín y enamorarse) e impidieron nuestra fuga. Fuimos llevados a la dirección como delincuentes, nomás faltó que nos amarraran como puercos. Después de regañarnos la directora dijo que al otro día tendrían que ir nuestras mamás para hablar con ella, o de lo contrario nos negarían la entrada. Salí deprimido, no sólo porque todavía me andaba de la pipí, sino porque en un día había cometido dos cosas muy graves. Nunca habían recibido quejas mías en casa y de un día para otro llegaría con dos castigos. Mi primaria y mi casa estaban a una distancia de 5 minutos caminando (sólo debía atravesar un parque) pero esa tarde dilaté más de media hora en llegar. No quería enfrentarme a mis padres y recibir más castigos por mis errores del día. El terror psicológico era tan intenso que incluso imaginé que me correrían de casa. Ni siquiera sabía diferenciar qué había sido peor, si romper el palo de la cubeta o haberme orinado en las plantas. Aquel, en definitiva, era el peor día de mi vida.

Cuando llegué a casa mis papás me notaron preocupado y me preguntaron qué tenía. Respiré hondo y confesé mis delitos, primero el del palo que rompí, luego el de la pipí. Justo cuando esperaba los cinturonazos y los castigos represores ocurrió lo que menos esperaba: no se inmutaron ni mostraron rastro de enojo en sus rostros. Con calma me dijeron que no había problema, que mi papá iría a comprar un poco de cemento con el que rellenaría una lata de leche vacía y en su interior pondría un palo de escoba para que al otro día lo llevara a cambio del que había roto. Mi mamá iría a platicar con la directora y solucionaría el problema, dicho esto comimos y la tarde transcurrió como si nada.

Mi mamá y la de mi compañero de orina hablaron con la directora, la cual (vieja desgraciada, ojalá ya esté muerta) les dijo que como castigo a nuestra acción tendrían que pintar los muros de la fachada de la primaria. Mi mamá indignada le dijo que ella no tenía tiempo pues también era maestra y daba clase a esa hora. No sé si fue por complicidad o de plano manejo de influencias, pero al final la directora le perdonó la penitencia a mi mamá. No así a la mamá del otro niño mión, que por la marranada de su hijo tuvo que pasar varias mañanas pintando. Qué bueno, por marrano.

La moraleja es que, por más obscuro que se vea nuestro horizonte, siempre saldrá el sol. Quizá ese día mis problemas eran insignificantes, pero a lo largo de mi vida he aprendido que las cosas siempre se solucionan. Tomarse la vida tan en serio casi nunca ayuda.

Y ya. Pueden dejar de leer. ¡Hasta la próxima!

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